Interrupción II: Acerca de los sin techo pero
en todo el continente.
Mi primer recuerdo del concepto de
Homeless, es de chico, de vacaciones en Miami, yendo en la autopista desde Beach al Downtown, vi gente viviendo bajo los puentes, y no lo entendí. Le
dije a mi viejo que había gente viviendo ahí, y mi viejo me dijo: “Sí, acá
también hay pobres”. Es el día de hoy que no acepto, o termino de entender, cómo
los estados (de naciones más o menos desarrolladas) pueden dejar en el completo
abandono a sus ciudadanos. A nivel social, el tema de los sin techo siempre fue
el que más me tocó. Además de haber leído acerca del tema, siempre me acerqué a
hablar con ellos. Desde Ushuaia hasta Vancouver. Homeless hay en todos lados, y
lamentablemente casi siempre por las mismas razones.
Los sin techo, personas sin hogar,
gente en situación de calle, homeless; son aquellos que carecen de un lugar
permanente para residir y se ven obligadas a vivir a la intemperie.
Generalmente, el miedo a revivir situaciones traumáticas suele provocar en
estas personas el rechazo de volver a intentar llevar una vida laboral y a
rehacer sus relaciones sociales. Las adicciones y la extrema pobreza, son
variables que indefectiblemente atraviesan este fenómeno.
Cuando estuve en Ushuaia, me
sorprendió que hubiese homeless y que no se mudasen a otras provincias/ciudades
con mejor clima. La indigencia se los impide y la pertenencia a su lugar
también. Hace casi 15 años estuve en esa ciudad y con unos franceses nos
hicimos amigo de un homeless que tenía un perro y tocaba la armónica como un
blusero. Lo ayudábamos frecuentemente con comida y dinero, y en parte fue por él
que empecé a estudiar armónica años más tarde. Tenía problemas de alcoholismo y
siempre nos repetía como un mantra que estudiemos, que vayamos a la
universidad, etc. Quizás ese buen hombre se me impregnó más en el subconsciente
de lo que creo...
Cerca de allí, en Chile, las cifras
del Ministerio de Planificación – del año 2011 - mostraban que había 15.000
personas viviendo en situación de calle. El 45% se concentra en la zona
metropolitana de Santiago.
Las complicaciones de salud que
sufren los sin techo, son las relacionadas con las adicciones, la malnutrición,
la hipotermia, numerosos problemas dentales, heridas infectadas, enfermedades
mal curadas y cronificadas, problemas de salud mental, en el cual el síndrome
de Diógenes es el más común.
En Buenos Aires, la cantidad de
personas en situación de calle creció considerablemente desde 2006 hasta la
actualidad. En ese año el Gobierno porteño informó sobre más de 800 personas
sin techo. A comienzos de este año, el número de homeless alcanzó los 1.300.
Para mí que las cifras son más cercanas a las de Santiago, en Chile…
Cada vez que estuve en Brasil, vi
homeless. Claramente los de Florianópolis viven distinto que los de Rio de
Janeiro (que se te pegan a la ventana del restaurant donde comas y te piden
comida del plato señalándotelo; y lo extraño es que los mozos no se enojan
cuando le alcanzas uno de tus platos para que coma). Aproximadamente, en 2012 el 1% de la población de
Brasil, 1,8 millones, vive en la calle, según la ONG Moradores de Rua.
El Movimiento Sin Techo
de Perú, conformado por personas en situación de calle, denuncia que en 2012 ya
son 2 millones los homeless de Lima y al ser ambulantes no son sujetos de
crédito para ningún banco que financia los programas de vivienda existentes. La
mayoría de estos proyectos son generalmente para gente de clase media que tiene
un sueldo regular. A quienes más los necesitan, también se los ignora en
tierras Incas.
La situación de los sin techo en
Centroamérica no es mejor. Al contrario. Casi la mitad de los 43 millones que
habitan Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y
Guatemala viven en la pobreza y, por tanto, tienen serias dificultades para
acceder a una vivienda digna. Esta situación obliga a muchos a vivir en
asentamientos irregulares, hacinados y en condiciones infrahumanas o en lugares
de alto riesgo como laderas de montañas o costas de ríos que se desbordan. Esta
región, junto con la República Dominicana, poseen 11,3 millones de hogares y un
déficit habitacional de 43 por ciento, sumando a quienes cuya vivienda no reúne
las condiciones básicas y a los que directamente no la tienen, según datos de
2008 del Consejo Centroamericano de Vivienda y Asentamientos Humanos.
En Guatemala, donde la mitad de sus
habitantes viven en condiciones de pobreza y 17 por ciento en la indigencia,
habrá un déficit habitacional de 2 millones de viviendas cuando termine el 2012,
según la Cámara de la Construcción de ese país. El gasto público destinado a
este rubro correspondía a 0,12 por ciento del producto interno bruto (PIB) en
El Salvador, el nivel más bajo de la región, seguido por el de Nicaragua, con
0,14 por ciento en 2008, según datos del Consejo Centroamericano de Vivienda y
Asentamientos Humanos. Las cifras reflejan el abandono institucional que
experimenté en toda la región. La parte media de nuestro continente está
abandonada y desesperada.
Lamentablemente, los ricos del norte
también tienen homeless, y a veces se alimentan con Sopa de Ketchup. En 1996
decidí vivir 6 meses en Miami para probar suerte y ver si conseguía trabajo o
una beca en una universidad. Una tarde en McDonalds, sitio donde siempre hay homeless,
porque si se pagan un café no los pueden echar, veo entrar a un hombre y
agarrarse muchos sobres de kétchup, donde uno agarra el azúcar y otros
condimentos. Al rato, veo entrar a otro hombre – también con aspecto de
homeless – agarrar más sobres de kétchup e irse hacia el estacionamiento.
Curioso por la situación, agarré mi mochila y mi vaso de Coca y los seguí. En
el estacionamiento, detrás de un contenedor de basura, había tres homeless que
habían improvisado un fuego y en un tarro con agua, estaban tirando el kétchup
de los sobres. Lo que sigue es un dialogo más o menos literal:
Yo: Hola, perdón, ¿Qué están
haciendo?
H1: Sopa de kétchup.
Yo: No, por favor, tiren eso y les
voy a comprar unas hamburguesas.
H1: No te preocupes hijo, hoy nos
comprarías hamburguesas y mañana volveríamos a tomar sopa de kétchup…
Ante mi mirada atónita y triste, un
segundo hombre me preguntó si iba a la universidad. “Estoy intentando”, le
respondí. “Intentá más duro. Para no terminar como nosotros” fue su consejo.
Nunca más los volví a ver, pero la sopa de kétchup no me la olvido más…
En Febrero de 2009 Barack Obama destinó 1.5
billones de dólares para la prevención y ubicación de homeless en los Estados
Unidos (Con el programa HPRP). En Mayo del mismo año, Obama también autorizó
una ley para tratar de que muchos no pierdan sus casas y terminen en la calle,
como homeless (Con el programa HEARTH). Muchísimas ONGs e instituciones
privadas destinan fondos y logística para reducir el número de los sin techo en
U.S.A. Espero que sirva para algo…
En febrero de 2006 decidí viajar a
Vancouver, de vacaciones, tomarme un respiro de las expediciones
‘latinauticas’, y festejar mi cumpleaños con mi amigo Jonathan. Si bien yo
tenía mucho tiempo disponible por estar de vacaciones, Jonathan a veces no
estaba en el departamento de nueve de la mañana a nueve de la noche, así que
decidí tener algún tipo de actividad durante el día para no aburrirme. Me anoté
en un English College para pulir mi inglés nativo y estudiar Religiones
Comparadas, para lograr comprender más lo que nos une, y nos separa, de
aquellos que se aferran fuertemente a una religión.
A diario caminaba cuarenta y cinco
minutos de ida, y cuarenta y cinco minutos, con temperaturas cercanas a cero
grado, de vuelta a la casa de “Juan”. A falta de correr, prefería caminar para
ejercitar y quemar las grasas que injería vía burritos, pizza, noodles y
otros tipos de comida chatarra.
En el centro de Vancouver, hace ya 6
años, por cada cuadra había un homeless, aproximadamente. En su mayoría
son personas con enfermedades mentales que se van de los refugios, que no
tienen familia o que carecen de amparo estatal por no tener papeles legales. Son
ciudadanos que pierden sus papeles, en condición de sin techo, y se
alejan de las autoridades que en muchos casos sólo quieren ayudarlos. Después
están los alcohólicos y drogadictos. Jóvenes y viejos. Hombres y mujeres.
Empecé a conocer el problema de los sin techo porque los veía todos los días y
porque varias veces me ‘lookee’ para ir a Hastings, el barrio más heavy de
Vancouver (un mini Bronx de los 80s, pero en Canadá y pleno siglo XXI).
Sin embargo, con quienes más hablé
fue con aquellos que pedían cerca de mi ruta de caminata. Trish tenía casi mi
edad, se la veía bonita, rubia, de tez blanca, con buena piel, y sin mal olor,
a pesar de vivir en la calle. Me la crucé en la calle Robson, la más chic
de la ciudad, mientras yo hacía algo de shopping y ella pedía monedas con un
vaso de papel, envuelta en una frazada sucia, y con un gorro rojo de lana en la
cabeza.
Yo era un sudaca que volaba a
Vancouver, estudiaba en un colegio privado por un mes, hacía shopping, le
prestaban un departamento, un celular y no la pasaba nada mal en el día a día,
y ella, que es/era una ciudadana del “primer mundo”, no podía levantar cabeza. Trish
paraba siempre en la puerta de una pizzería donde yo compraba mi porción casi
diaria de pizza con pepperoni. Con el vernos a diario, hablábamos seguido y decidí
ayudarla con algo de dinero y un poco de compañía. Inicialmente me senté al
lado de ella para hablar un poco del por qué vivía donde vivía.
Trish tenía un problema de adicción
a la cocaína, no podía parar de aspirar con la nariz a cada minuto y
mentalmente le costaba acomodar las ideas que me quería decir. Nuestros
diálogos siempre dependían de su estado mental más o menos disperso. En inglés,
como amigos que se sientan en la calle, me contó que el gobierno le podía dar
un plan de ayuda, pero lo que le daban no le alcanzaba para comer y pagar la
renta más barata de una pieza. Además no tenía papeles legales -los perdió, los
vendió, no sé- y eso la complicaba mucho más, pero la gente la ayudaba, podía
comer con lo que le daban por día y el resto se lo gastaba en vicio porque le
costaba mucho salir de su adicción. A su lado, sentado en la vereda hablamos
del aumento de los homeless del 2002 al 2006 (yo estuve en ambos años y
la crecida era notoria), y de cómo muchos sin
techo se fueron de las áreas más frías del país para llegar a la ciudad
más calida de la nación: la pro británica Vancouver, en la provincia de British
Columbia. Además me informó acerca de cómo una vez que se comienza un ciclo de
adicción, quienes viven sin techo les resulta casi imposible salir.
Hay muchos que huyen de sus hogares,
por tener familias violentas o por querer tener una estúpida aventura
post-adolescente, comienzan a mendigar sentados en las veredas, y para resistir
el frío comienzan a tomar alcohol para sentir un poco de calor, o toman drogas
para no sentir nada. El gobierno a veces los convence de ir a un refugio para
adictos sin techo, les dan ropa, una cama, baño y ducha, y asistencia para
tratar su adicción. Meses más tarde, quienes fueron adictos, salen del centro e
intentan re insertarse en el sistema. La mayoría fracasa por no tener apoyo
familiar y un empleo. Al carecer de un domicilio permanente, o por vivir en un
barrio pobre (East Hastings), no tener experiencia laboral, o referencias
laborales, muchos regresan a lo que conocen y recaen en viejos amigos, mendigan
nuevamente en las calles y vuelven a los viejos hábitos. El ciclo comienza de
nuevo.
La primera vez que vi a Trish fue la
ocasión en la que más hablamos. Luego sólo fueron conversaciones pasajeras, un
dólar que le dejaba por día o unas porciones de pizza cuando la veía muy ida. Y
así nos vimos y eventualmente nos despedimos.
En 2010, Ezequiel
Fernández Moore
estaba cubriendo los Juegos Olímpicos de Invierno en Vancouver y vivió una
realidad parecida a la que vi yo (en 2002, 2006 y 2009). En su nota “Vancouver
2010 – Y un precio muy alto por pagar” Fernández Moore contaba como la policía
acosaba a quienes hablasen mal de la ciudad o del comité organizador olímpico,
y respecto de los homeless de la ciudad decía que habían sido sacados de la
vista, y más que
correrlos de la escena, les habían retaceado las promesas de mejoras.
El despilfarro de Vancouver 2010,
dejó una pesada herencia impositiva a los habitantes del estado de British
Columbia y las condiciones de vida de los homeless no mejoraron.
A lo largo de todo el
continente americano, de Ushuaia hasta Alaska, hay personas sin techo que
viven, existen, en cajas de cartón, refugios improvisados, bolsas de dormir,
vehículos y estructuras abandonadas, espacios públicos, refugios oficiales y subterráneos.
Un estimado de 100
millones de personas eran homeless en 2005. El número de personas sigue
creciendo. Problemas
hay en todas partes. No sólo en Latinoamérica. Como los que tenía, o aun tiene,
Trish y muchos otros que se tapan con frazadas y duermen en la puerta de los
negocios, y de día se despiertan y juntan moneditas para comer algo y tomar lo
que tienen que tomar, para no sentir. Sin poder dejar de vivir en la calle con
su adicción a cuestas. En un ciclo sin fin. Como la cinta de Moebius.















